“Habrá gente que por miedo no irá al homenaje”

Dolores Bouzamayor Freire, hija del primer “paseado” en la villa cedeiresa.En su entrevista para el Diario de FerrolLa memoria, aunque sea la histórica, requiere de un punto de partida. El acto que la Asociación Memoria Histórica Democrática de Ferrol organiza para el próximo sábado puede ser esa catarsis colectiva que el pueblo de Cedeira, desde el respeto y la convivencia, necesita para caminar hacia un futuro que todavía está por escribir. La primera página, no obstante, ya tiene fecha. Será el 30 de octubre de 2010. Ese día y en el mismo lugar en el que antes estuvo el campo de concentración se utilizará la palabra, no la violencia para hablar de reconciliación, de paz, de principios democráticos y de amistad. Y una muestra de ello será la presencia en el homenaje de familiares de los presos asturianos que estuvieron retenidos en una fábrica de salazón reconvertida en presidio. Vicente Álvarez Areces, presidente del Principado, encabezará la delegación.

entrevista de P.C.c.

Más de 70 años han transcurrido desde el final de la guerra civil. Sin embargo, para algunas personas, como para Dolores Bouzamayor Freire –hija del primer “paseado” en la villa de Cedeira– la historia está tan presente que todavía hoy se emociona al hablar de ciertas cosas. Lee el resto de esta entrada »

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El percebeiro que liberó París

El ayuntamiento de Cariño homenajeó a Ángel Rodríguez, héroe de la II Guerra Mundial, cuya historia había quedado en el olvido

Ángel Rodríguez/Foto La Voz de Galicia

Federica Montseny, la líder anarcosindicalista, estuvo en Cariño en 1935 y escribió sobre la dura vida de la gente del mar de la época. Entre quienes hablaron con ella entonces estaba el percebeiro Ángel Rodríguez Leira ( Sanroque ), que luego sería héroe de la liberación de Francia, pero cuya historia quedó olvidada por su propia modestia, porque nunca la reivindicó. Más de 30 años después de su muerte, su pueblo, Cariño, le rindió un homenaje.

Tal fue la hazaña de estos hombres que el propio general De Gaulle, en su primera alocución ante la tumba del soldado desconocido de París, tras la liberación de la capital, tuvo que cambiar el habitual discurso de «a los muertos por Francia» para decir «a los muertos por la libertad», porque los primeros que llegaron al ayuntamiento parisino fueron soldados españoles, y entre ellos, Ángel Rodríguez. El historiador Eliseo Fernández, que investiga el anarcosindicalismo en Ferrolterra, fue quien desveló, no sin esfuerzo, la historia de estas hermosas páginas del legendario cariñés.

Se sabe ya que fue movilizado por la tropas franquistas, pero tan pronto tuvo oportunidad saltó el parapeto de la trinchera y se pasó a las filas republicanas con las que hizo toda la guerra civil hasta quedar acorralado en Alicante. Sabiéndose carne de paredón si era detenido, se hizo con un bote y con otro cariñés y la embarcación llena de naranjas, más una lona, remaron hasta Argel, donde les aguardaba un campo de concentración como a sus compatriotas que cruzaron los Pirineos.

Intentó huir con su amigo Antonio Yáñez ( Gerepo ), pero los sorprendieron y los mandaron a la Legión Extranjera. Después todo fue una carrera de lucha imparable: llegó el general Leclerc y para entonces Ángel se había cambiado de nombre por Cariño López, para ocultar su verdadera identidad si caía en manos nazis. Embarcó hacia Europa con las divisiones blindadas de Leclerc, pasó a Inglaterra, desembarcó en Normandía con los aliados, entró en las vanguardias mixtas que liberaron París y siguió luego luchando contra los alemanes por toda Francia. El capitán Droone, que lo tuvo en su compañía, dijo: «En la batalla de Ecouche (Normandía) estuvo 24 horas pegado a su cañón; en una ocasión, con cinco tiros hizo saltar cinco vehículos alemanes».
Fuente: Francisco Varela / La voz de Galicia

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Familiares de dos hombres brutalmente asesinados en 1936 reciben hoy sus restos

NATALIA JUNQUERA – Madrid – 19/03/2010  (El País)

Castor Cordal, de 27 años y Ramón Barreiro, de 19, fueron exhumados en octubre.- La Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica convoca un acto de homenaje en Cambados (Pontevedra)

Dos familias recibirán hoy los restos de dos hombres brutalmente asesinados el 15 de septiembre de 1936 en el municipio pontevedrés de Barro. Se trata de Castor Cordal Garrido, de 27 años, electricista de la CNT, y Ramón Barreiro, de 19, que escribía en gacetillas locales. Ambos fueron exhumados por la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica el pasado 22 de octubre y han sido identificados por el forense José Luis Prieto en el laboratorio que la asociación tiene en Ponferrada

Antes de enterrarlo, un cura mutiló el cuerpo de Barreiro, el más joven, para robarle el anillo que llevaba en un dedo. Y poco antes de matar a Cordal, los asesinos acudieron a su casa para humillar a su familia. Sacaron a sus hermanas y las hicieron bailar desnudas delante de ellos, según relató a este diario Josefina, de 83 años, hermana de Castor.

Ramón Barreiro era soltero y pertenecía a una familia de tradición republicana. Su hermano fue a la guerra y se pasó al lado republicano, lo detuvieron y estuvo ocho años preso. A él le delató un cuñado de su madre, que fue violada y rapada al cero. Murió poco después.

Castor Cordal, electricista de la CNT, estaba casado y no tenía hijos. Supo siempre que irían a por él y se escondió mientras pudo, hasta que le delataron.

http://www.elpais.com/articulo/espana/Familiares/hombres/brutalmente/asesinados/1936/reciben/hoy/restos/elpepuesp/20100319elpepunac_2/Tes

REPORTAJE

Los asesinos no sólo mataron

Hallados en Barro las pruebas de un brutal asesinato cometido en 1936

NATALIA JUNQUERA – Madrid – 22/10/2009 (El País)

Los asesinos no sólo mataron. Antes de acabar con la vida de Castor Corral y Ramón Barreiro, de 27 y 19 años, torturaron y humillaron a sus familias. Y después, mutilaron el cuerpo de Ramón para robarle el anillo que llevaba en un dedo. Es la terrible historia que los restos hallados en una fosa en Curro, en el municipio pontevedrés de Barro, ha sacado a la luz 73 años después. Los arqueólogos de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica mostraron ayer las pruebas de este terrible crimen a la policía judicial: los cráneos inequívocamente agujereados por el tiro de gracia y numerosos casquillos de bala.

Castor Cordal era electricista y miembro de la CNT. Estaba casado y no tenía hijos. Sabía que iban a por él, y por eso intentó huir. Se escondió en distintos lugares hasta que un delator lo descubrió. Una vez detenido, se lo llevaron al Pazo de Fefiñáns (Cambados), donde fue recluido con varias personas. “Mi padre quiso verlo y no le dejaron. Cuando lo intentó el tercer día, le dijeron que se había escapado a Portugal”, relata Josefina, de 83 años, hermana de Castor. Pero no había huido a Portugal. Estaba ya muerto.

“Unos amigos de la familia que se iban de madrugada a la feria de Pontevedra vieron cómo los asesinos se los llevaban a enterrarlos atados en una escalera”, relata Josefina, que entonces tenía 9 años. “Así que enviaron a una persona para que le dijera a mis padres que no le buscaran más”.

Poco antes del asesinato de Castor, los falangistas habían acudido a su casa. “Mi padre les pidió que le hicieran a él lo que quisieran, pero que no molestaran a su familia. Pero sacaron a mis hermanas y las hicieron bailar desnudas delante de ellos”, cuenta Josefina. “Sufrimos muchísimo. Mi madre no se quitó el luto por su hijo hasta que murió. Los dos murieron con esa amargura, pensando siempre en el hijo que le habían matado. Parece que estuviera viendo ahora a mi hermano: era un hombre como un castillo, fuerte, bueno…”.

Los falangistas también visitaron la casa de Ramón Barreiro antes de matarle. Torturaron a sus padres para que le dijeran dónde estaba escondido. Violaron y raparon al cero a su madre, que murió poco después. Y una vez muerto Ramón, le cortaron un dedo para robarle un anillo que tenía y que llevaba en la foto familiar que ilustra este reportaje.

Ramón tenía sólo 19 años y se había ganado cierta fama con las gacetillas locales que escribía. Pertenecía a una familia de tradición republicana y su hermano, movilizado para la guerra por las tropas franquistas, se pasó al lado contrario. Al parecer, fue un cuñado de su madre quien delató a Ramón.

El equipo de expertos de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH) que ha rescatado los restos de las dos víctimas, asesinadas el 15 de septiembre de 1936, ha encontrado numerosas pruebas de violencia. “Hay impactos de bala en los cráneos, pero también en las piernas, y numerosos casquillos lo que indica que fueron tiroteados”, explicó Santiago Macías, vicepresidente de la ARMH.

El equipo, dirigido por el arqueólogo René Pacheco, ha estado trabajando en la fosa bajo la lluvia y ayer recogió ya todos los restos, que previsiblemente serán llevados a un laboratorio de Ponferrada para su identificación.

Antonio Cordal, sobrino de Castor, y Santiago Macías, denunciaron ayer en un cuartel de la Guardia Civil el hallazgo de los restos con signos de muerte violencia lo que motivó que se desplazara hasta la fosa a policía judicial. 73 años después, los agentes visitaron el lugar del crimen e interrogaron a los expertos sobre sus hallazgos.

Josefina confesó que no había podido dejar de llorar por su hermano durante todo el día, a pesar de haber logrado llevar a cabo una misión familiar muy importante. “Mis padres y mis hermanos ya murieron. Yo me acordaba del sitio que me habían dicho y lo señalé para que fueran a desenterrarlo. Ahora podré entregar los restos de mi hermano a mis padres, enterrarlos juntos y morirme tranquila. Mi madre nunca se recuperó. Constantemente preguntaba: ‘¿Pero por qué me lo mataron?’. No nos lo explicábamos. En el pueblo nos decían que le habían denunciado unos falangistas que le tenían mucha envidia”.

http://www.elpais.com/articulo/Galicia/asesinos/solo/mataron/elpepuesp/20091022elpgal_14/Tes
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«No sé cómo aguanté tanta tortura»

Entrevista de Francisco Varela

“A Fernando Miramontes lo detuvieron y maltrataron tantas veces en el franquismo que tenía preparadas siempre unas zapatillas, almohada y un abrigo para el calabozo”

La vida le ha dejado saborear la libertad por la que tanto luchó y camina con un brío que había perdido. Las operaciones de las arterias femorales le han devuelto el vigor. Si llueve, anda de arriba abajo por los andenes de la estación del tren, como hacía Leyra Domínguez. Es el 20 de noviembre cuando lo encuentro, saluda alegre, pero frunce un poco el ceño como en las caricaturas que le hizo Siro. ¿No sabes que día es hoy?, me pregunta. La verdad, lo había olvidado, es el 20-N, aunque tampoco entiendo su significado personal. Veo que a sus 74 años es el mismo de siempre: rápido de reflejos, medias palabras que es necesario reinterpretar… y un análisis rápido del momento, diestro para emprender el vuelo. Por eso le llamaban el gavilán en los años duros del franquismo; sobrevolaba todo y se le veía casi en todas partes. Aunque entrevistarle es imposible, salvo reconstruir sus respuestas, hacer de intérprete y, ya se sabe, las traducciones matan la chispa del idioma.

«Fue la peor detención, aunque no me tocaron», suelta y me sorprende que hable de experiencias personales de lo que siempre rehuyó. Comunista desde que el PCE lo captó en Francia en 1962, coruñés primo del futbolista Suárez (Luis Suárez Miramontes), aunque más ferrolano que Amboage, fue una pieza clave en la lucha contra la dictadura en la ciudad. El 19 de noviembre de 1973 la policía lo detuvo por un asunto menor. Por tanto, la mañana del día 20 (20-N) estaba en la comisaría de San Amaro, donde ve movimientos raros hasta que uno le da la noticia, que acababan de matar a Carrero Blanco, y le espeta: «No sabemos lo que vamos a hacer contigo, si amarrarte una piedra al pescuezo y tirarte al mar, como en el 36… estamos esperando órdenes». «Jamás sentí tanto terror», dice ahora Miramontes, «peor que cuando me pegaban, pero no me tocaron». Como las detenciones eran continuas, Fernando ya iba preparado con zapatillas, un abrigo viejo y una almohada para dormir en las celdas que dan a la calle de Lugo. Quedó luego libre, con una multa gubernativa.

El aparato

La peor fue en 1972. Tras el 10 de marzo, logró huir durante 20 días hasta que la policía dio con él en casa de su hermana. El PC reaccionaba de inmediato ante cualquier ataque distribuyendo octavillas, las hojas hechas en la imprenta clandestina, «el aparato de propaganda», y tras los sucesos del día 10 no fue menos… Por eso, cuando los matarifes del franquismo sabían que sabía y Madrid también presionaban porque, si todos estaban detenidos, ¿cómo es que siguen apareciendo octavillas? Miramontes fue entregado a agentes llegados de fuera diestros en la tortura, que se aplicaron con lo mejor de sus artes. El submarino (la cabeza metida en un barreño de agua hasta cerca del ahogamiento), el quirófano (tendido sobre el borde de una mesa con el torso sin apoyos), golpes con una toalla mojada… días y días. Desvanecido, cuatro lo levantan por piernas y brazos y lo llevan escaleras abajo, con la cabeza arrastras, golpeando peldaño a peldaño. «No sé cómo aguanté». A Ramiro Tenreiro, miembro de las Juventudes Comunistas, detenido también, lo dejaron sordo de un oído al reventarle un tímpano.

No todos eran salvajes. El agente encargado de los calabozos se negó a gritos a recibir al detenido en su estado y luego le facilitó aspirinas.

Fuente: http://www.lavozdegalicia.es/ferrol/2009/12/28/0003_8194269.htm

Aquí vemos a Fernando Miramontes en la presentación del documental de Abad “O SEGREDO DA FROUXEIRA”

A Fernando Miramontes lo detuvieron y maltrataron tantas veces en el franquismo que tenía preparadas siempre unas zapatillas, almohada y un abrigo para el calabozo
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Marcelino Pardal

Muere el último gallego de Mauthausen

El ferrolano Marcelino Pardal, anarquista y jugador del Racing en 1936, vivió siempre en el sur de Francia tras la liberación del campo. Nunca quiso volver a pisar España

Marcelino Pardal Pouso, el último deportado gallego en el campo de exterminio nazi de Mauthausen, falleció el pasado 19 de mayo a los 92 años. Vivía en la ciudad francesa de Bèziers, una localidad parecida en tamaño a su Ferrol natal, situada en el Languedoc-Rosellón.

Nunca quiso volver a pisar tierra española, aunque mantenía contactos con sus primos ferrolanos. Palula García Pouso, que ahora tiene 79 años, fue la prima que recibió la noticia por boca de una de las hijas gemelas francesas que deja Xelo, como se le conocía en 1936, cuando jugaba de central en el Racing de Ferrol.

Palula hablaba con él por teléfono y se escribían periódicamente. «Nunca quiso volver; yo le decía ”Xeliño, ven a vernos”, pero él no podía, algo no le dejaba regresar», dice. Tampoco en Amical Mauthausen, la asociación de españoles deportados, con sede en Barcelona, tienen muchos datos, salvo su matrícula , el 5101, el número que los nazis tatuaban a los prisioneros en un brazo.

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Con el Racing se enfrentó al Deportivo en mayo de 1936 y la crónica de este periódico decía que «el conjunto ferrolano nada tiene que envidiar a su rival coruñés». Xelo, que había nacido en el barrio de Ferrol Vello en 1917, jugó al futbol incluso después de la liberación de Mauthausen. De hecho, una de las pocas fotos que se conservan de él, la que aparece en este reportaje, fue tomada en el propio campo, tras la derrota nazi. Con él está otro ferrolano, Antonio Cendán, ya fallecido hace muchos años. Era el equipo La República, que formaron los españoles deportados.

Tras la toma de Ferrol por los alzados en julio de 1936, Xelo fue movilizado por el bando franquista, pero el asesinato de su hermano Paco, marinero republicano del acorazado España, cambió su vida. «Yo no puedo luchar en el bando que mató a mi hermano», le dijo a un amigo. Y así hizo: saltó de la trinchera en el frente y se pasó al Ejército de la República, luchó en la batalla del Ebro y cruzó los Pirineos tras la derrota. En Francia fue internado en el campo de Agde y luego integrado en las brigadas de trabajo creadas para construir la línea Maginot. Cuando Francia cayó en poder de Alemania, más de 800 españoles fueron capturados, entre ellos Xelo, y trasladados a Mauthausen, porque Franco le dijo a Hitler que no tenían la nacionalidad española. Fueron considerados apátridas y más de la mitad murieron por agotamiento o asesinados por los carceleros.

La llegada al campo

Amical Mauthausen lo tiene registrado en el contingente que salió en un tren de ganado de la estación de Estrasburgo y llegó al campo el 11 de diciembre de 1940, donde permanecería hasta el 7 de mayo de 1945. Es decir, entre la Guerra Civil y la Segunda Guerra Mundial, diez años durísimos para Xelo, que lo marcaron para siempre.

Vivía tranquilo en Bèziers, apenas participaba en los actos que se celebraban en Mauthausen, y tampoco concedió entrevistas. El Racing había sondeado, sin éxito, la posibilidad de hacerle un homenaje. Su prima Palula recuerda su casa en Ferrol Vello «con muchos libros». Porque en la década anterior a la Guerra Civil, el barrio portuario de Ferrol contó con el Centro Obrero de Cultura, un ateneo popular muy activo, que funcionaba tanto como escuela como centro de debate. El historiador ferrolano Eliseo Fernández, investigador del anarcosindicalismo ferrolano, sostiene que Xelo, que pertenecía a las Juventudes Libertarias, se pasó al bando republicano en Aragón. Palula habló con él hace poco, ya enfermo: «Me lloró por teléfono, notaba que iba a morir».

Fuente La Voz de Galicia

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María de la Luz, la última miliciana

Hoy, a sus 93 años y con una mente clara, recuerda el horror de un infierno, el de la

Guerra Civil española, que ella vivió en primera fila

Huele a primavera en Extremadura y resuena en el aire un estallido inevitable de belleza. El campo se tiñe con el blanco puro de las flores y se oyen ecos de Neruda: «Quiero hacer contigo / lo que la primavera hace con los cerezos». Pero hoy, precisamente hoy, no parece el día más propicio para las flores ni para la poesía ni para el amor. (¿O quizás sí?)

Un coche se encamina hacia las afueras de Badajoz (me piden que no haga pública la dirección), se interna por senderos campestres y aparca frente a una humilde casa en la que vive María de la Luz Mejías Correa, nacida el 3 de marzo de 1916 y alistada en las filas del Ejército Popular de la República con veinte primaveras.

Hoy, a sus 93 años y con una mente más clara que el cielo azul, recuerda el horror de un infierno, el de la Guerra Civil española, que ella vivió en primera fila, es decir, en las trincheras. Su testimonio, además de excepcional, es único, pues ya no viven más mujeres españolas que, como ella, combatieran en el «ejército rojo». Es, por tanto, la última miliciana, la misma que, en un gesto que la honra y la define para siempre, comparte una conversación de más de tres horas en la mañana del día 17 del presente mes. Es su legado -«mi última entrevista», dirá luego, al darme un beso imborrable de despedida-, justo casi en la víspera del setenta aniversario del final de aquel horror, cuando «los muertos eran enterrados como perros en el campo».

Habla de la guerra, de aquella guerra -¿también de su guerra?-, y muy pronto pone los puntos sobre las íes para evitar malos entendidos: «Aquello no fue una guerra, sino un engaño y un exterminio. Quien tenía la fuerza era la derecha y el clero. Sin guerra, España hubiera sido como una balsa de aceite». Y guarda silencio…

Se oye el canto de un ruiseñor en la huerta que ella misma cultiva, en la que, según me explica, planta ajos, habas, fresas, patatas, acelgas… Y el ruiseñor no para de cantar… Y ella le pone letra a la canción del pájaro: «No es necesario pelearse; lo que es necesario es el diálogo y la comprensión. Las causas fundamentales de las guerras son el odio y la envidia». Y el ruiseñor se marcha con la nueva canción a no se sabe dónde.

El molinero y el cura

«¿Quieres que te recite un romance?», me pregunta entonces. Y pronuncia de memoria y en voz alta el romance del molinero y el cura: «Isabel le dijo a Andrés: / ¿No sabes Andrés, / que el cura me quiere pisar / me quiere pisar el pie?. Si es sólo el pie, / déjalo que te lo pise / si te trae bien de comer»… Y continúa con su romance hasta el final, sin olvidar ni una línea, sin dudar de nada ni por un momento. «De niña -recuerda-, mi padre me contó un manojo de romances». Y luego, ya de mayor, asegura que se aficionó a componer sus propios versos: «Los pienso y los guardo en la memoria, pues me cuesta mucho escribir. Me encantan los romances».

Y como siempre, sonríe… Porque a la postre, siempre parece sonreír María de la Luz Mejías Correa… (¿Siempre?) «Yo no he tenido miedo ni en la trinchera ni en la vida. Nunca he pensado que me van a matar. Siempre he pensado: ya saldremos de este bache y tendremos libertad». ¿Acaso esta mujer no tiene miedo ni a la muerte? «Tampoco», responde. Y remacha: «Sólo tengo miedo al dolor, al sufrimiento de no poder hacer nada…» («-La tarde cayendo está- / En el corazón tenía / la espina de una pasión; / logré arrancármela un día: / ya no siento el corazón»).

Mientras María de la Luz va soñando sus propios caminos, así es como Machado aparece, inevitable, entre las colinas doradas que rodean la casa de la última miliciana: …«Y todo el campo un momento / se queda, mudo y sombrío, / meditando. Suena el viento / en los álamos del río. / La tarde más se oscurece / y el camino que serpea / y débilmente blanquea, / se enturbia y desaparece. / Mi cantar vuelve a plañir: / ‘Aguda espina dorada, / quién te pudiera sentir / en el corazón clavada’».

Y la entrevistada se convierte entonces en la entrevistadora: «La vida del obrero cuando yo era una muchacha… ¿quieres que te la cuente?» (Por supuesto que sí): «Para desayunar, sopas y migas; garbanzos para comer, y gazpacho por la noche.. Ante esta esclavitud, el obrero se organizó, y por eso mismo vino la guerra… porque eso no les gustaba nada a los ricos».

Al oírla, se entiende cómo esta mujer ha sido capaz de relatar con su propia voz toda su biografía, condensada en un libro publicado por la Editorial Renacimiento bajo el título de «Así fue pasando el tiempo», en el que se reflejan ésas sus «Memorias de una miliciana extremeña». Con la ayuda de uno de sus nietos, Manuel Pulido Mendoza, lo ha sacado a la luz para «recordar», porque «si lo echamos todo en el olvido puede repetirse otra vez».

Sin rencor

Al recordar, le hablo del incendio de iglesias por parte de miembros del Frente Popular, y ella me responde sin dudarlo, como para dejarlo muy claro de una vez por todas y sin necesidad de más debate: «Eso lo hicieron los mismos curas para echarle la culpa a los rojos. Los milicianos se refugiaban en las iglesias y luego venían las tropas de Franco y las quemaban…»

Acaba de pronunciar su nombre. Es el momento, pues, de la pregunta: ¿qué opina del dictador, cómo le define, qué recuerdos guarda de él en su conciencia? Y también contesta de inmediato, como de carretilla, como cuando se dice algo que siempre se dirá en cada momento que uno lo piense o lo recuerde: «Franco era una persona criminal porque era quien mandaba matar. Es el culpable auténtico de todo lo que ocurrió». ¿Siente rencor hacia él? (Me mira con compasión infinita. Guarda silencio. No está el ruiseñor. Ya se ha ido. ¿Volverá…?) Y responde entonces: «Ya no tengo rencor por nadie, ni siquiera por Franco».

Y María de la Luz continúa su relato, con palabras que brotan como el agua que fluye por los ríos: sin vigilancias, sin barreras…, sin grabadoras, claro. Es la última miliciana. («¿Te has mojado, hijo?», le pregunta a uno de los nietos que están presentes en este encuentro y que, embelesado con la historia de su abuela, con la historia de España, ha tirado su vaso de agua fresca sobre el hule de la mesa con brasero, aquí, en las afueras de Badajoz, al lado mismo de donde estuvo presa durante todo un año en varias cárceles antes de ser condenada a seis años y un día). «¿Y por qué? Pregunto todavía», se lamenta, al comentar su tan triste e injusto caso de sentencia. Y es aquí y ahora, en este preciso instante, cuando me mira de frente y a los ojos, como buscando en mí una respuesta que yo sí que no tengo. Y me cuesta no bajar la mirada y aguantarle la suya, repleta de fuerza, de vida, de memoria… «Tengo la conciencia muy tranquila porque no he hecho daño a nadie. No he matado cobardemente, no he sacado a los hombres de las casas como si fueran borregos camino del matadero…»

María de la Luz, la última miliciana

María de la Luz Mejías Correa, el pasado 17 de marzo,
con un retrato en el que aparece junto a su marido,
el también miliciano Juan Mendoza Casado. / CASIMIRO MORENO

La sangre derramada

(Su voz está a punto de quebrarse, a punto de ahogarse en la emoción. Se me encoge el corazón y susurro casi para que no me oiga: ¿llora cada vez que está sola y recuerda todo esto?) Pero me oye, porque así dice: «De tanto que he sufrido, ya no siento ni llanto».

Y su mente, su mente de luz clara, vuelve a donde ella quería llegar de no haber sido interrumpida por mi torpeza estéril: «Corría la sangre por todo el campo de San Juan…» (Y me muestra las estremecedoras «Lunas de agosto» de Justo Vila: «…este es un libro muy importante»-subraya-, en donde se rescatan los sucesos acaecidos en torno al 14 de agosto de 1936, cuando el teniente coronel Yagüe ocupa Badajoz con sus tropas, que, según Vila, «durante horas persiguen y fusilan no sólo a los defensores de la capital extremeña, sino a la población indefensa»). Y María de la Luz parece enfocada en su última frase, como si no quisiera avanzar, como si quisiera saber el porqué de todo aquello. Quizás por eso la repite de nuevo, aunque con más crudeza todavía: «Corría la sangre por los campos de San Juan como agua de río…» (La sangre derramada, ¡ay!, «¡que no quiero verla!»)

Y el ruiseñor no canta, pero la voz de Lorca lo hará por él horas más tarde, cuando, con los recuerdos vivos de María de la Luz, me acerco a la calle del Obispo por la que en 1936 bajaba la sangre de los fusilados frente a la catedral pacense. En algunas de sus piedras aún se observan las huellas terribles de unas balas que nunca debieron dispararse, que no debieron derramar aquella sangre: «¡Que no quiero verla! / Que mi recuerdo se quema.» Y mientras Lorca me habla, también recuerdo las palabras de María de la Luz: «Yo lucharía siempre por la libertad, sin atajos, sin odio», pero «matar a una persona que está en frente, viéndola, eso no lo haría nunca…»

(…Y Federico interrumpe de nuevo los recuerdos y rescata el canto perdido de aquel pájaro que oímos por la mañana: «¡Oh ruiseñor de sus venas! / No. / ¡Que no quiero verla! / Que no hay cáliz que la contenga, / que no hay golondrinas que se la beban, / no hay escarcha de luz que la enfríe, / no hay canto ni diluvio de azucenas, / no hay cristal que la cubra de plata. / No. / ¡¡Yo no quiero verla!!»).

Fuente:http://www.eldiariomontanes.es/20090329/sociedad/domingo/maria-ultima-miliciana-20090329.html